Cuando los padres son amigos de los hijos

Por Oswaldo Pulgar Pérez

La frase que titula este artículo puede ser mal interpretada. La amistad es una relación -casi siempre entre iguales-, que lleva a los amigos a velar por el amigo, a sacrificarse por él, dedicarle tiempo, etc. Luego entre padres e hijos, no hay en sentido estricto, verdadera amistad, tal como antes la hemos definido.

Padres e hijos no son iguales. Son distintos. El papá tampoco debe transformarse en un adolescente más, por el deseo de acercarse más a ellos. Da risa ver a algunos papás convertidos en adolescentes. Se ve que es una actitud postiza.

Hay que respetar la naturaleza de las cosas. Sin embargo, hay una amistad entre padres e hijos en sentido amplio, que es la que aquí quiero desarrollar. Me voy a apoyar en unas declaraciones de Paola Binetti, senadora italiana y Presidenta de la Sociedad Italiana de Pedagogía Médica.

A ella le preguntaron: Usted es experta en neuropsiquiatría. Los expertos dicen que cada vez se multiplican más las enfermedades de los niños. ¿Cuáles son las carencias más graves que ve usted en la educación?
“Pienso que los valores fundamentales de la educación no han cambiado, sino que han aparecido, junto a valores positivos, algunos antivalores, como el relativismo, el consumismo, y el individualismo. Hay que dar a los jóvenes convicciones profundas, que puedan asumir tanto en su modo de pensar como en su conducta”.

No basta con que los jóvenes tengan ideas claras. Deben saber defenderlas en los contextos sociales donde viven, muy distintos a los que tuvieron sus padres. Por eso hay que dedicarles tiempo. No basta con repetir, hay que moverles a actuar con coherencia. Educar la voluntad, que es más importante que educar la inteligencia.

No basta que respeten esos valores porque sean los de sus padres. Tenemos que ayudarles a encarnarlos, para que no solo hagan cosas buenas, sino que además, y principalmente, ellos sean buenos.

Hoy día el individualismo junto a su primo hermano el relativismo, pretende que se legalice “lo que me provoca”. Si me gusta, ¿por qué no lo puedo hacer? Es el caso de la homosexualidad y de la droga. El imperio de la ley del gusto.

El “Yo” se convierte en protagonista excluyente, es decir, rebelde a toda directriz que le venga de fuera. Por eso hay que lograr que no solo identifiquen su problema, sino que consigan la solución adecuada. Es decir, que razonen.

Hoy la gente se niega a contraer compromisos sin retorno. A nuestra civilización se la puede llamar la de las relaciones frágiles. A toda decisión se le pone una condición, porque no se quiere asumir la responsabilidad de los propios actos. “Somos hijos de nuestras decisiones, y los hijos también”. A los padres corresponde colaborar en la madurez de sus hijos sin violentar su libertad.

A esto se añaden los problemas del consumismo. Los niños disponen de demasiado dinero. Compran lo que quieren, se convierten en unos consumidores privilegiados. Por eso la publicidad se dirige especialmente a ellos.

De manera que, amigos sí, pero cómplices no. El joven necesita ver en su padre, a su padre. En su madre, a su madre. Porque él está preparándose para ser adulto, no para seguir siendo niño. Y eso ha de estar claro, a riesgo de que sean unos eternos inmaduros.

Oswaldo Pulgar Pérez / opulgarprez6@gmail.com

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