La voz de los niños

Maria Teresa García-Dié

Mientras los gobiernos crean comités de estudio para la conciliación de la vida familiar y laboral, comités que pueden discutir durante una legislatura entera el tema sin llegar, a lo mejor, más que a entregar un informe, los padres tienen que resolver qué hacen sus hijos cada día al acabar las clases y quién estará en casa cuando lleguen.

Los padres son los primeros educadores de sus hijos –no sólo primeros en cuanto al tiempo, se educa desde la gestación- sino los que deben decidir cómo y dónde completar la educación con la enseñanza y su atención personal.

El bebé humano nace dotado para una gran complejidad en su vida adulta como persona, más que ningún otro ser vivo, sin embargo pertenece a la    especie en la que desde el momento del nacimiento y durante años estará más indefenso y necesitado de cuidado por parte de los que le rodean para sobrevivir.

Los primeros años de vida son cruciales. El  niño se desarrolla y aprende continuamente de ese diálogo sin palabras que se establece entre él y sus padres. Este “aprender” es de máxima importancia porque va organizando el funcionamiento del cerebro que presenta una gran plasticidad para madurar y modelarse.

Criar a un hijo no significa únicamente alimentarle, cuidarle, amarle, significa estar disponible para comprenderle. Y esa disponibilidad de la madre y del padre es la que les permite reconocer y proporcionarle lo que necesita. Ambos están preparados para ello, aunque evidentemente, desde la perspectiva biológica,  la madre cuenta con recursos especiales que ha ido desarrollando a lo largo de la gestación, y luego durante la crianza. Son semanas y meses de íntima relación madre-hijo, pero el papel del padre, en sí mismo y dando soporte  a esa relación, es tan fundamental como el de la madre.

Si cuenta con la disponibilidad de los padres, el bebé tiende a formar un vínculo fuerte y fundamental que es lo que conocemos como apego,  insustituible para la seguridad del niño y definitivo en el desarrollo de su personalidad.

A partir del nacimiento y durante 16 semanas,  en la legislación española, la madre, más 15 días (o 30 días en el futuro) el padre,  pueden dedicarse a fondo a esta función decisiva para la vida del hijo. En estos 4 meses la madre tiene que recuperarse de los vaivenes hormonales que gestación, parto y lactancia le suponen; tiene que descifrar las necesidades del bebé para poder dar la respuesta que necesita; tiene quizá que dar ella respuestas –on line- a cuestiones laborales que le plantean desde su ámbito de trabajo… ¡Ah! y tiene que comer y dormir un poquito para poder cuidar a su hijo. Pero cuando todo eso parece que empieza a ordenarse, cuando empieza a hacerse consciente de que es capaz de entender ese diálogo que se va estableciendo con el bebé, debe decidir  quien la va a sustituir durante bastantes horas, porque tiene que reincorporarse al trabajo. Es uno de los peores momentos para interrumpir la relación.

Ciertos países (Finlandia, Dinamarca, Suecia, Alemania) se plantean políticas eficaces ante esta situación para proteger el futuro del bebé, pero, por desgracia,  no todas lo priorizan de la forma más adecuada respecto a las demandas laborales.

Luego los niños, a lo largo de toda su etapa escolar, necesitan orden, pautas, juegos, supervisión en sus estudios, etc. etc. Las “actividades extraescolares” no son esenciales. Lo que sí es necesario para cualquier niño es llegar a casa, descansar, y poder compartir con alguien las vivencias del día, sus problemas, sus alegrías, sus dificultades…

Es necesario que lleguen a casa y alguien los “abrace”, los espere, los escuche, los ayude. Alguien que no les lleve a caer en una relación con las “pantallas”  (TV, chateos por ordenador, móvil, plays…) para hablar, con los compañeros, que sí,  están ahí, pero  con quienes han pasado todo el día y seguramente ya no tienen nada más que decirse.

Los niños que pueden disfrutar de ese “lujo” lo valoran. Cuántas veces leemos en las encuestas que lo que más les gustaría es “estar más tiempo con sus padres” “jugar con sus padres”.

Pero vivimos un momento complicado para plantear el valor de la madre que renuncia temporal y parcialmente a su carrera profesional para dedicarse con prioridad a la “carrera educativa” con sus hijos.

Se trata de decisiones que deben tomarse deliberadamente, en común  padre y madre y asumirse con el convencimiento sincero de que para ellos “su vida es la familia”, que se realizan a través de la familia.

Renunciar al éxito en la carrera profesional no implica que la madre (frecuentemente será ella quien tenga más posibilidades) renuncie por completo. Menos aún implica que la madre que opta por dedicarse a la crianza de los hijos durante unos años, deba realizar, además, todo aquello que puede compartir con el padre o,  si es posible, con más o menos ayuda externa. ¿No podría ella continuar su formación a través de estudios semi presenciales? ¿No puede seguir estando al día de aquel ámbito de conocimientos en el que se ha formado? ¿No puede realizar investigaciones con otros colegas que están trabajando en esas materias? ¿No podría reducir su jornada laboral o proponer una colaboración flexible en cuanto a horas presenciales que le permita atender a sus hijos?

¿Estamos hablando para una elite social? No. Sabemos de la dificultad del momento. Pero ¿somos conscientes de las necesidades que hemos ido añadiendo a nuestra vida y de las que parece que ya no podemos prescindir? Tampoco.

Por lo menos deberíamos respetar y valorar al matrimonio que toma esta decisión y a la mujer que renuncia a una parte del prestigio profesional en favor de su prestigio como madre.

Deberíamos valorarlo tanto como ser conscientes de la posibilidad de que esta opción esté aportando el liberarse y liberar a sus hijos de lo que han venido a llamarse “costes encubiertos” los gastos no visibles, no tangibles, que pueden suponer los fracasos escolares, los problemas académicos, y pequeños o grandes problemas psicológicos y psicopatológicos que hubieran recibido atención mucho antes o que quizá ni llegaran a aparecer (Ermisch y Francesconi cit. en Torras 2010).

En su día las mujeres necesitaron utilizar su voz para reclamar sus derechos. La posibilidad de votar hizo más rápida su integración social, sin embargo,  aunque todavía quede mucho por hacer y mucho por cambiar, para que ella no tenga que adaptarse a un mundo donde todavía sus funciones parecen diseñadas de antemano por otros, hoy todo el mundo sabe de la valía de la mujer en puestos de responsabilidad. Pero los niños no pueden votar… ¿escuchamos su voz?

Maria Teresa García-Dié

Foto: Adele Enersen

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