Padres sin manual de instrucciones

Por Jose María Postigo

Cuando compramos cualquier cosilla, por pequeña que sea, y no digamos un ordenador, una nevera o algo más sofisticado como un coche, siempre nos encontramos con el engorroso manual de instrucciones donde acudimos con cierta avidez para saber cómo poner el marcha el “juguetito” y no digamos el malestar que nos da cuando no conseguimos que la cosa funcione.

Y si en vez de un aparatejo se trata de nuestra carrera profesional. Recordar cómo elegimos los estudios universitarios que íbamos a cursar: las dudas, la búsqueda incesante de información, la selección posterior de universidad. Siempre apoyándonos en la experiencia de alguien que tutelaba nuestra selección: tal vez nuestros mismos padres, nuestros profesores, quizás un amigo que ya ejercía la profesión que más nos interesaba.

Y no digamos si de nuestro primer trabajo se tratase: búsqueda incesante de información sobre ésta o aquella otra empresa, sobre algún conocido que nos enchufara en aquel puesto de trabajo…

En cualquier decisión importante de nuestra vida la prudencia nos lleva a pedir consejo, a buscar información, pero no sé qué diablos ocurre cuando uno encara su propio proyecto vital. Desde que uno empieza a tener uso de razón va por la vida como si todo lo supiera, no cabe duda que nuestro orgullo actúa desde la más leve edad. Basta que le digas al crío “no te subas al taburete que te vas a caer” pues te das la vuelta y … ¡toma castaña!… crío llorando en el suelo con coscorrón de colorines incorporado. O cuando, ya más mayorcitos, nuestra madre, con ese sexto sentido que siempre tienen nos advertía que “aquella preciosidad de mozalbeta no nos convenía” … ¡pues yo erre que erre con la dichosa novieta! … hasta que un día te das cuenta que tu madre tenía más razón que una santa…

Y si nos vamos ya a la etapa de la vida donde uno adquiere compromisos definitivos como el casarse y tener hijos. Aquí la elección es toda nuestra, compartida entre dos que se hacen una sola carne, por lo que todo se complica un poco más pues hay que decidir al unísono aunque cada uno viene con su propio bagaje (temperamento, carácter, formación personal y profesional, cultura, gustos, aficiones, etc.). En esta fase de nuestra viva, donde se cruzan de continuo nuestras metas profesionales con las matrimoniales, familiares, sociales, parece que el tiempo nos devora en un continuo retorno sin solución de continuidad que se rompe a cachos cuando nace

Aquí es cuando empiezas a sentir cierto escalofrío pues tu “experiencia” es nula y el crío que tienes delante llora, perfuma la habitación, requiere asistencia técnica, auxilio, remedios eficaces que calmen al bebé y … ¡gracias a Dios! ha llegado mi madre, la suegra o la abuela y empiezan a darnos lecciones que escuchamos y aplicamos con fruición pues dan resultado ¡EL BEBE DUERME COMO UN LIRÓN!

¿No será que no conozco el manual de instrucciones de este prodigio de la naturaleza que se llama hijo mío? Y uno entra en esa fase preguntona, cuando no te da por comprar libros sobre puericultura, estimulación temprana, de cómo hacer dormir a tu bebé, o de cómo enseñarle a leer a los dos meses, o cómo enseñarle a nadar el mismo día en que nace…¡UFF que agobio! Ya no se acuerda uno de lo que le han dicho, de lo que ha leído y, mientras, vuelven a empezar los lloros que te desquician…

Y es que los matrimonios no nos casamos con el libro de instrucciones, ni los padres se hacen padres con el dichoso manual de papás. Nos vamos haciendo esposos y padres a base de la experiencia vivida, del preguntar a los que saben, preferentemente a nuestros propios padres a los que vamos admirando cada vez más según van pasando los años y valoramos cada vez más todo lo que ellos hicieron por nosotros.

Pero con los tiempos tan difíciles que corren, con tantas dudas que se plantean sobre temas que han estado siempre claros, nos vemos en la obligación de tomarnos más en serio nuestro trabajo como educadores, profesionalizando nuestra labor de padres, para aprender a educar con rigor, con eficacia, con técnica, pero sobre todo con mucho AMOR que es  empeño, sacrificio, ilusión, perdón, vuelta a empezar, estudio, más estudio, aplicarse más en el día a día del hogar, tener más vivencias con nuestros hijos dedicándoles mucho tiempo para que con el roce llegue el cariño y desde ahí entre la autoridad y desde aquí inculquemos la obediencia…

En fin, un carrusel de virtudes humanas que van vertiendo los padres bien formados a sus hijos ilusionados por ser cada día más parecidos a sus papás que tantos quieren. Por eso, para ser padres con manual de instrucciones tenemos que formarnos para sí desear, vivir y amar la maravillosa vida de familia.

Jose María Postigo

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