Una mascota fuera de lo común

Por Oswaldo Pulgar Perez

El dueño de una tienda estaba colocando en la puerta un anuncio que decía: “Cachorritos en venta”. Pronto apareció un niño en la tienda preguntando cuál era el precio de los perritos. El dueño contestó que oscilaba entre $ 30 y $ 50. El niño metió la mano en el bolsillo, sacó unas monedas y le dijo: “Solo tengo $ 2.37. ¿Puedo verlos?”.

El vendedor sonrió y lanzó un silbido. De la trastienda salieron corriendo una perra y cinco perritos. Uno de ellos se iba quedando atrás de los demás. El niño señaló al perrito rezagado, que cojeaba y preguntó qué le pasaba. El hombre le explicó que cuando el perrito nació, el veterinario le dijo que tenía una cadera defectuosa y que sería cojo por el resto de sus días.

El niño, que escuchaba con atención, se emocionó y exclamó ¡Ese es el perrito que yo quiero comprar! Pero el hombre replicó: !No. Tu no vas a comprar ese cachorro. Si quieres, yo te lo regalo”.

mascota

Entonces el niño se disgustó y mirando en directo a los ojos del hombre, le dijo: “Yo no quiero que usted me lo regale. El vale tanto como los otros perritos y yo le pagaré el precio completo. Le voy a dar ahora mis $ 2.37, y 50 centavos cada mes, hasta que haya pagado todo”.

El hombre insistió: “Tú en verdad, no querrás comprar ese perrito, hijo. El nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros”. El niño se agachó y se levantó el pantalón, para mostrar su pierna izquierda, retorcida e inutilizada, soportada por un aparato de metal.

Miró de nuevo al comerciante y le dijo: “Bueno, yo no puedo correr muy bien tampoco y el perrito necesitará alguien que lo entienda”. El hombre, – impactado por la respuesta-, dejó caer dos lagrimones. Sonrió y dijo: “Espero, y rezo para que cada uno de estos cachorritos tenga un dueño como tú”.

No es fácil ponerse en el lugar de los demás. Lo que hoy se llama “empatía“, no es un fenómeno frecuente; pero no hay nada tan útil para ayudar a quienes nos acompañan por la vida. La empatía exige ceder en nuestros gustos para agradar a otros; dejar que otros escojan el canal de TV, o el lugar de vacaciones donde ir a la familia.

También están los que acompañan en el trabajo: escuchar los puntos de vista de los demás, para entenderlos. No pensar que lo sabemos todo, porque no es verdad. Atender con paciencia a un cliente que protesta. Tratar a los empleados de modo que se sientan tomados en cuenta. Y así, montones de ocasiones, que día a día la vida nos depara.

La solidaridad no es dar cosas que nos sobran. Es entregarnos nosotros mismos, estando disponibles para quien nos necesita. Difícil tarea, porque el egoísmo muere media hora después que muere el egoísta.

Acostumbro leer a mis alumnos relatos de experiencias vitales en los cuales quedan manifiestas las conductas de tantas personas que con su vida escondida han hecho un gran bien.

En este caso le tocó a Leopoldo Vollmer de Marcellus. Leímos un escrito de su padre, Alberto Vollmer, a los pocos días de la muerte de su hijo. Quisiera reproducir el texto completo pero por razones de espacio, no es posible. Me limitaré a los trozos más expresivos.

Acaba de morir Leopoldo, el más afortunado de nuestros hijos. No tengo la menor duda de que en estos momentos está compartiendo con su Creador la felicidad eterna del Cielo. Fue favorecido desde antes de su nacimiento con un daño cerebral profundo, incurable, que le anuló casi totalmente sus capacidades, por tanto era incapaz de hacer el mal.

Incapaces de hacer el mal son solo los santos, por lo tanto, solo pueden estar en el cielo, que es el hábitat de los santos después de la muerte. Leopoldo nació a las 2 am. del 17 de junio de 1974 en el Centro Médico de Caracas. Era nuestro séptimo hijo, nacido sin tropiezo alguno en el hospital.

Nació como todos sus hermanos, a través de un parto natural. A las dos horas de nacido lo vi por primera vez cuando lo trajeron a la habitación donde estaba Christine su madre, esperándolo ansiosamente. Aunque los médicos nos informaron que era absolutamente normal, con todas sus medidas correctas y con sus reflejos normales, noté algo raro y así se lo dije a Christine.

Ella coincidió conmigo en ver algo distinto a los seis anteriores y a los muchos sobrinos que habíamos visto nacer a lo largo de los años. Muy pronto notamos que no podía mamar, que era ciego y sordo, además de sumamente pasivo. Casi no se movía, solo dormía. Tardó un mes o dos para aprender a chupar”.

Cuenta su padre que después de comenzar las convulsiones y de varios viajes a las mejores clínicas de los EE.UU. les dieron el diagnóstico: Daño profundo difusosobilateral del cerebro, probablemente pons y corteza.

En pocos meses aprendió a ver y a oír. Le enseñaron a fuerza de bombardeos de estímulos visuales y auditivos. Se volvió hipersensible a la luz y al sonido. Aprendió a conocer gustos y colores. Unos les agradaban y otros no.

Adquirió sensibilidad al frío y al calor. Aprendió a expresar su gusto o disgusto con lo que le rodeaba. No aprendió nunca a hablar. Nunca gateó debidamente, nunca caminó. Dormía casi todo el tiempo. Entiéndase bien, Leopoldo era un minusválido profundo, pero no era un vegetal como suele decirse. Tenía su carácter y una bondad espectacular. Era dulce, muy agradecido, era simpático y querendón.

Cuando supimos que no había nada que hacer, los médicos aconsejaron meterlo en alguna institución, porque un niño así en su casa crea serios problemas a los hermanos y a los padres. Esto es lo que se dice generalmente en estos casos. Por lo menos eso es lo que dicen muchos médicos.

Nosotros decimos todo lo contrario. Un niño así solo puede estar en su casa. Solo en su casa podrá cumplir su misión silenciosa en palabras, pero elocuente para quien la quiera entender y percibir.

La vida de Leopoldo fue una vida ejemplar. Nunca dañó a nadie, nunca pidió nada para sí mismo que no fuera lo absolutamente indispensable para subsistir. Nunca disfrutó de placeres desordenados, dudo que alguien haya tenido una vida más sacrificada que él, y casi nunca se quejaba. ¡Qué ejemplo!

Vivió catorce años.  En su corta vida logró la amistad de personas notables. La más renombrada fue la Madre Teresa, que lo vio varias veces y lo llamaba el catedrático del Amor. “Probablemente con el correr de los años será el más famoso y querido de los Vollmer. ¿Qué mejor legado para toda su familia?”.

Una vida intachable desde su nacimiento hasta su muerte natural. ¿No estará en estos momentos mejor que nosotros? Quienes hemos leído el relato, no tenemos la menor duda. Terminamos la clase. Había llegado el momento de reflexionar. Teníamos muchos que pensar, así que nos despedimos hasta la próxima semana.

Oswaldo Pulgar Perez

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