Los top 10 de nuestro 1er año; #4…..¿A quién le interesan las fotos de tu hermana en la piscina?

Por Jordi Molas

El País del 18 de abril publicaba esta noticia: “El 25% de los niños abre su perfil en las redes sociales” en el que se afirma que “además, uno de cada cinco de estos menores con el perfil accesible ha introducido datos como su dirección o su número de teléfono, que, de este modo, son visibles para todo el mundo”

Hasta aquí los datos.

Ahora una evidencia que no podemos olvidar: Las redes sociales han venido para quedarse. Con todo lo bueno que tienen -que es mucho- y con todo lo malo -que no lo es tanto por cantidad, pero sí lo es por lo potencialmente demoledor.

Ya tiene su guasa que la explosión de las Redes Sociales coincida con la adolescencia de nuestros hijos. Cómo dijo un amigo mío, guasón como pocos, “ya nos podía haber pillado siendo abuelos… Porque ese cóctel de adolescencia y redes sociales on the rocks es de los que tumba a cualquiera”. Mmm… Adolescencia… ese apasionante proceso de crecimiento personal donde nuestros hijos interactuarán con un entorno, que con mayor o menor hostilidad, es el que es. Y las redes sociales forman parte nuclear de ese entorno.

Desgraciadamente, pertenecemos a una generación a la que nadie enseñó a consumir y a participar en medios de comunicación tan influyentes y poderosos como la televisión. Por eso, no debemos extrañarnos que 50 años después de su desembarco en nuestro país, este medio siga despertando en muchas personas un sentido acrítico alarmante que de un modo u otro estamos dejando en herencia a nuestros hijos.

¿Queremos que la falta de ese comportamiento crítico se reproduzca de nuevo con las Redes Sociales?

Decía que las Redes Sociales nos aportan mucho más cosas positivas que negativas. Pero también que esas cosas negativas son demoledoras. Cómo le oí decir en una ocasión a Leopoldo Abadía: “huye de los pesimistas”. Por eso veamos el vaso medio lleno: vamos a ver si somos capaces de conseguir que nuestros hijos entiendan las amenazas que rodean su intimidad, porque de este modo estaremos fortaleciendo sus habilidades digitales.

La primera alerta es ser conscientes de una confusión: nuestros chavales no saben diferenciar entre exhibir su intimidad con compartirla con aquellos que quieren.

Además las redes sociales son el más potente amplificador conocido hasta la fecha: sin quererlo ni beberlo “lo que yo comparto con X, éste lo puede exhibirlo con Y y Z… y con cientos más”

Esto me lleva a plantearme una pregunta que deberíamos hacernos como padres: ¿Son conscientes nuestros hijos que lo que hacen en público tiene una dimensión potencial incalculable? O hablando en plata:  ¿Que lo que puede ser gracioso para un grupo de amigos, puede resultar patético, bochornoso o, peor aún, motivo de burla para otros?

Como padres tenemos la obligación legal de velar y proteger su intimidad, y eso nos autoriza a verificar qué están contando de su vida privada en las Redes. ¿Da palo? Por supuesto que da palo y vergüenza decirle a un hijo “enséñame como es tu vida digital  “¿Cómo le pido a mi hijo que me deje ver lo que publica sobre él mismo?”

No se trata de entrar como un elefante en una cacharrería, sino de compartir y ayudarle a definir. Cómo decía tenemos una oportunidad: desde nuestra ignorancia podemos pedirles que nos enseñen. “Soy muy pez en esto de las Redes Sociales. Ayúdame a crear mi perfil en Facebook” Y en eso proceso que ese maestro en redes sociales que tienes como hijo compruebe qué criterios utilizas como adulto para definir la privacidad de tus contenidos: “Tengo dudas sobre si publicar las vacaciones en la playa… Es que sale mamá en bikini: ¿te gustaría a ti que tus amigos la vieran así?”Estas fotos sólo me gustaría que la viera nuestra familia… ¿es posible?” A partir de ahí ya estamos planteando el debate, la conversación, la oportunidad de formar: discriminar qué se muestra y qué no en función de un criterio de adulto.

Fíjate en estas fotos. Son de la boda de tu prima. Papá estaba demasiado alegre: se le nota porque llevaba la corbata atada a la cabeza. La verdad es que estaba muy gracioso, pero no sé… si la vieran mis compañeras de trabajo o sus jefes. ¿Tú qué harías?”

Pero enseñar a cuidar la intimidad de nuestros hijos no es un territorio exclusivo de su “yo”. También alcanza a la intimidad de sus relaciones. Algo tan sencillo como “no hagas a otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Por eso, la mejor forma de cortar una cadena de contenidos ofensivos o que atenten contra la intimidad de terceros, es no participando en ellas.

La respuesta típica: “Papá… mamá… ¿no estáis exagerando? Si nadie se va a dar cuenta. Total no le interesa a nadie” o “Si lo han publicado es porque han querido“. Ahí está el quid de la cuestión.

Compartir no es lo mismo que exhibir, aunque en muchas ocasiones la exhibición descontrolada nace de compartir contenidos que nunca debieron publicarse. Esa actitud de “no pensar” lo que publicamos es dejar en manos de terceros nuestra intimidad.

Por eso, a parte del espacio necesario para el diálogo y el razonamiento sobre qué y dónde publicar, creo que no debemos renunciar a nuestra responsabilidad como tutores: podemos, y aunque suene mal y no sea políticamente moderno, debemos estar al corriente de lo que están contando en las redes  acerca de su vida y de las nuestras. Que no nos tiemble el pulso: si hay que hacerle borrar algo que, razonadamente, le perjudica y nos perjudica, se hace.

Gandhi, con bastante acierto, dijo en una ocasión: “somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras” Si actualizamos esta frase en las redes sociales, podríamos decir que somos dueños de nuestra intimidad y esclavos de nuestra exhibición.

Jordi Molas


2 comentarios
  1. Javits
    Javits Dice:

    Enseñemos a nuestros hijos a usar las redes como medios de comunicacion y no como medios de exhibicion

  2. nacho sala
    nacho sala Dice:

    Gracias Jordi por compartir tus ideas y transmitir un enfoque práctico y positivo de cómo aliarnos con este fenómeno tan interesante.

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