Espontaneidad, sí. Impertinencia, no.

Por Victoria Cardona

“Nuestra mayor gloria no consiste en no caer nunca, sino en levantarnos cada vez que caemos”

Oliver Goldsmith

Enseñemos a nuestros hijos adolescentes a dominar sus enfados cuando no obtienen lo que quieren inmediatamente. Conozco muchos matrimonios que acostumbran a ser austeros con sus hijos, aunque tienen medios económicos para adquirir de inmediato lo que deseen, pero les hacen esperar hasta su aniversario o su santo para concederles el regalo que piden. Y aunque pongan mala cara no ceden a sus caprichos.

Un defecto de los adolescentes de hoy es que exteriorizan con más enfado – por no decir impertinencia – sus deseos. Muchos padres rieron esta gracia de la espontaneidad con demasiada frecuencia cuando estos adolescentes eran pequeños. En algunos aspectos esta espontaneidad es correcta ya que si lo comparamos en épocas anteriores y, si somos positivos, podemos decir que nos tienen más confianza.

Llegaremos a la conclusión que:

Espontaneidad, sí. Impertinencia, no.

Conviene hacerles ver que las emociones conviene mantenerlas en la justa medida: disgustos desproporcionados,   tristezas excesivamente largas o inmotivadas pueden estar pidiendo, en algún caso, alguna ayuda externa para los padres, del tutor o del psicólogo del colegio. Una ayuda a la que recurriremos después de analizar entre padre y madre su situación con mucho interés para que nos puedan entender mejor.

Apoyemos en vivir estas actitudes:

  1. Que nos vean con defectos. Hacerles ver, con naturalidad, que a nosotros también nos cuesta cumplir con nuestras obligaciones y que cometemos errores.
  2. Pedir perdón. Si nos hemos alterado delante de ellos reconocerlo, sin olvidar que “es de sabios, rectificar” y que si se ha metido la pata se quita y recomenzamos. Los adolescentes   necesitan ver que somos humanos y no nos enfadaremos si nos dicen: “¡tu aquel día también…!” Al revés aprovecharemos para hacer broma y reconocerlo.
  3. Hacerles entender que confiamos en ellos, a pesar de los pesares. Con el buen espíritu deportivo de: “ahora caigo, ahora me levanto”, padre, madre y adolescente, seguiremos unidos para ganar el mejor partido.

Como siempre, reconocemos que los padres también debemos esforzarnos para regular nuestros enfados y que muchísimas veces estaremos dispuestos a con un: “perdona hijo, me he equivocado”, volver a empezar con el optimismo diario. La mejor valentía –volver a empezar con humildad-  según la frase que encabeza esta pequeña reflexión.

Victoria Cardona

www.vidadefamilia.org

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