¿Qué estándares de moda y buen gusto trasladamos a nuestros hijos?

Por Covadonga O´Shea

La moda es  mucho más que las tendencias que vemos en las pasarelas. Bajo ese inmenso paraguas de lo que se lleva se cobija  todo un estilo de vida que impregna con  fuerza no sólo la   forma de vestir, de divertirnos,  de comer, de  movernos,  de viajar, de decorar nuestras casas sino que  llega incluso al modo  de hablar. Sería positivo tener estas ideas  en la cabeza, a la hora de encauzar el sentido “estético” o su  carencia total, entre la gente joven que nos rodea, o en nosotros mismos, a la hora de aparecer en público vestidos de cualquier forma, con un aire que muchas veces raya en lo absurdo. No me importa repetir las afirmaciones de la genial Coco Chanel cuando decía que “la moda tiene que hacer sonreir y no reir, que tiene que ser gracia y no imbecilidad

Pero,  en vista de lo que tantas veces nos encontramos por la calle o en nuestra propia casa, nos preguntamos: ¿Se puede saber quién decide ese tipo de modas o de dónde arrancan las tendencias que se imponen de polo a polo? La respuesta es tan  variada como sorprendente. Aseguran  las  estadísticas  que la gente joven imita  a los ídolos mediáticos mucho más que a los creativos de moda: los chicos se peinan como los futbolistas y siguen  a los cantantes de operación triunfo, mientras las chicas imitan a las artistas, a las modelos, a las celebrities que salen número a número  en las revistas del corazón. Me comentaban que en Londres, por ejemplo, se ha dado una invasión tipo plaga de clones de Paris Hilton y en Nueva York de Lady Gaga. Lo gracioso del caso es que unas y otros por más que   cada uno de ellos pretenda ser  original y exclusivo, dan la impresión de copiarse entre sí   hasta el punto de comprobar   que la gente de una  edad parecida, acaban vestidos  de uniforme. Hay una terrible dependencia “de la tribu” y cierto miedo universal  latente  a no ser como los demás.

Con esa idea en la cabeza, en los primeros  días de Octubre, cuando  vamos diciendo adiós al verano y a las vacaciones,  me propuse  hacer una encuesta a un grupo de amigos míos.  Después de una tarde de despedida del mar, pedí a personas de distintas generaciones que me explicaran que significa para ellos  la  palabra, glamuroso. No era un capricho. Simplemente quería saber que entendían ellos de  una forma de presentarse con la que algunos grandes  de la  moda internacional  han  convocado  a sus fiestas a lo largo del verano.

Los más jóvenes se miraron muertos de risa y de asombro. Para ellos las cosas son más o menos  chulas,   guay o,  como mucho, les molan o pasan de ellas varios pueblos con aire despectivo. No hay quien les mueva de ese vocabulario pobretón que se traduce en una forma my absurda a la hora de vestir.

También a los un poco más mayores lo del glamour les queda lejísimos, allá donde se entregan los Oscars de Hollywood y las actrices  más famosas recorren   la alfombra roja cada año. La diferencia radica en que   admiten que puede no estar mal  tener un punto de ese buen rollo de ir bien vestido, sin pasarse claro, porque tienes el terrible peligro de ser un pijo imposible. Como es lógico quienes  defienden  esta postura lucen unos vaqueros desteñidos, llenos de rotos, enganchones y flecos como mandan los cánones de su entorno.  La edad intermedia se decantó mucho más partidaria de la clase y del estilo. Para ellos es importante  ser cool, otro término incorporado al día a día, un poco más   cercano quizás  a la idea de aparecer  glamurosa, con ese misterio de lo indefinido, A partir de los 40, la gente   se decantó por  lo elegante o lo vulgar sin demasiado término medio.

Me vinieron a la cabeza las palabras de Valentino, cuando celebró sus 45 años en la moda con la inauguración de una exposición retrospectiva con  los 300 vestidos del diseñador que han marcado una época. Al  verla, este personaje   confesó emocionado que era feliz al verlos porque “todos se podrían llevar hoy en día. Siempre he creído en la elegancia, en la feminidad y en el trabajo”.

Incluso  los que lucían  vaqueros deshilachados le dieron la razón. “Es un hombre con clase” añadieron.

¿Sería muy difícil apuntarse a esa forma de expresarnos, sin necesidad de vestirnos de Alta Costura, sino de forma sencilla, con personalidad y buen gusto?  No deberíamos dejar de lado que nuestra forma de vestir dice de nosotros más que nuestro carnet de identidad.

Covadonga O´Shea

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