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  • ¡No hay suficientes padres “malos”!

    SdP | Noviembre 28, 2011

    Por Oswaldo Pulgar Pérez

    Uno de los grandes retos de la educación en la familia es la comunicación con los hijos: hablar de lo que a ellos le interesa, dar ejemplo y no tener miedo a influir positivamente en sus vidas. Esto, no es fácil, pero sí necesario. Para eso, hay que entender bien la libertad.

    A veces pensamos que ser libre es poder escoger entre varias opciones y eso no es del todo cierto. Más importante es ser dueños de nosotros mismos y orientarnos hacia lo bueno porque nos da la gana.

    ¿Qué beneficio nos reporta escoger el mal? Ninguno. Eso no puede llamarse libertad. Por eso, es clave formar a los hijos para que sepan invertir su libertad. Es más cómodo decidir por ellos, pero entonces no los estaremos formando.

    Se educa más con lo que los hijos ven y experimentan en el hogar -un ambiente de alegría, de cariño y de confianza-, que con muchos sermones. Por eso, más que informar, hay que contagiar el amor a la verdad, que es la clave de la auténtica libertad.

    Quizá alguna vez debamos acudir a premios y castigos, pero sobre todo hay que hablar de la bondad o maldad de los actos y del tipo de vida que configuran. Así, los hijos descubrirán el vínculo indisoluble entre libertad y responsabilidad.

    Hay que sacar tiempo para estar juntos, escucharles a solas a cada uno, adelantarse para hablar de los temas centrales de la existencia: el origen de la vida, las crisis de la adolescencia, el noviazgo y el matrimonio. Sería una educación muy pobre la que se limitara a dar información, cuando lo que más necesitan son criterios de conducta.

    Querer a los hijos es amar su libertad. Y eso supone un riesgo, que consiste en exponerse a la libertad de los hijos. Únicamente así, el crecimiento será suyo: una operación interna y no un reflejo condicionado.

    La planta no crece por que la estire el jardinero, sino porque asimila lo que come. Asimismo, el ser humano crece en humanidad en la medida en que asume, porque quiere, el modelo que le presentamos.

    Respetar a la persona y su libertad no significa dar por válido todo lo que una persona piense o haga. Los padres deben ser amigos de sus hijos, dialogar con ellos sobre lo bueno y lo mejor y, en algunas circunstancias, tendrán que corregir con firmeza.

    El Dr. Carlos Hecktheuer -psiquiatra- tocó este tema cuando escribió: “Cuando mis hijos hayan crecido, les diré: Los amé lo suficiente para preguntarles a dónde iban y a qué hora regresarían. Los amé lo suficiente para no callarme y decirles -aunque no les gustara- que aquél amigo no era una buena compañía.

    Los amé lo suficiente para dejarles asumir la responsabilidad de sus acciones, aun cuando las consecuencias eran tan duras, que me partían el corazón. Y, ante todo, los amé para decirles NO, cuando sabía que ustedes podrían odiarme por eso”.

    Y ustedes les dirán a los hijos suyos: Nuestros padres eran malos, los más malos del mundo. Insistían en que les dijéramos con quién íbamos a salir, aunque demorásemos una hora o menos. ¡No sé cómo nos leían el pensamiento!

    Por culpa de nuestros padres, nos perdimos inmensas experiencias en la adolescencia. Ninguno de nosotros estuvo envuelto en problemas de drogas, robos, vandalismo, ni estuvimos presos por ningún crimen. ¡Todo fue culpa de ellos! Ahora que somos adultos honestos y educados estamos haciendo lo posible para ser padres malos con nuestros hijos.

    Yo creo que este es uno de los males del mundo de hoy: ¡No hay suficientes padres malos!

    Oswaldo Pulgar Pérez

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    Sección: Familia, Miscelánea | Sé el primero en comentar »

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