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  • Supernannies…….. o padres II

    SdP | Febrero 8, 2012

    Dra. Montserrat Rutllant

    En el artículo anterior, hice una primera aproximación a la importancia de educar a los niños desde la etapa prenatal. En los artículos siguientes, intentaré plantear y responder algunas preguntas que desbrocen el camino.

    La urgencia de educar a los niños a los niños en el esfuerzo, la sobriedad, el autodominio y el sentido de responsabilidad, se hace evidente en un trabajo de investigación reciente de la FAD, titulado Bienestar en España. Ideas de futuro desde el discurso de padres y madres, en el que se afirma que, a pesar de intuir negros nubarrones, los padres han continuado sobreprotegiendo a sus hijos hasta ahora y por el contrario, actualmente, les hacen una llamada urgente y repentina a tomar “ya” el mando de la sociedad, acusándolos de estar anestesiados, cuando han sido ellos mismos los que han temido las frustraciones, han dejado de ponerles límites y los han sobreprotegido.

    La primera cuestión, es definir qué entendemos por educar; las siguientes, serán buscar las respuestas al quién, qué, porqué, cuando y cómo.

    Educar es externalizar lo mejor que puede llegar a ser una persona, no de una manera abstracta, sino cada persona en concreto, con sus limitaciones y sus posibilidades innatas. Es como si tuviéramos en las manos una piedra que, según su composición y como la trabajemos, puede llegar a ser un ladrillo, una piedra angular de una construcción, una escultura o una joya. Es necesario descubrir las posibilidades de cada uno y ayudarle a alcanzar la máxima competencia.

    Quién ha de educar

    Son muchos los sociólogos y pedagogos que actualmente vuelven al antiguo dicho de que para educar a un niño se necesita a “toda la tribu”, entendiendo como “tribu”, primero, la familia nuclear; segundo, los diferentes ámbitos de sociabilidad: familia amplia, entorno escolar, modelos sociales, etc. Es evidente que para conseguir niños seguros y estables, se necesita que estos diferentes niveles vayan coordinados al máximo, cosa que en la actualidad, desafortunadamente, no se da.  En todo caso, la impronta más definitiva se recibe de la familia próxima, porque, tal como decía Chesterton “en general, las madres envían a los niños al colegio para que les eduquen cuando, muchas veces, ya es demasiado tarde para enseñarles lo que es realmente importante”.

    Evidentemente, la familia es el fundamento determinante del bienestar psicológico del niño, que crecerá sintiéndose mucho más seguro si sabe que hay cosas que no cambiarán nunca: su padre siempre será su padre, su madre será su madre, y los dos lo querrán permanentemente. Cuando hablamos de familia, estamos hablando de un foco de seguridad emocional cohesionado por lazos de sangre i de afecto mutuo, que se aleja, a la vez, de una dictadura y de una democracia. No vale, no ha de valer lo mismo, la opinión del rey de la casa de nueve años, que la de la madre o padre de familia.

    Una familia del siglo XXI ha de ser como una empresa donde se reparten y se comparten diferentes funciones: uno hace más de director de recursos humanos y el otro, de gerente u organizador de acontecimientos sociales. Todo con el acuerdo consensuado de los dos protagonistas que, según las circunstancias, la edad de los hijos y otro condicionantes asumirán preferentemente uno u otro papel, pero intentando a la vez ser capaces de sustituirse temporalmente, si es necesario, por motivos de trabajo, enfermedad, etc.

    Qué educar

    Fundamentalmente profundizaremos en:
    1.- sentido de pertenencia
    2.- autoconocimiento
    3.- autodominio
    4.- auto respeto
    5.- el binomio libertad – responsabilidad.

    En este artículo, me centraré sobre todo en el primer punto: el sentido de pertenencia.

    La primera y más radical esencia del ser humano es la que crea la primera relación: ser hijo. Es más radical que ser hombre o ser mujer, o que el color de la piel, porque indica el origen de cada persona. Es lo que nos da la filiación, la pertenencia y nos hace formar parte de una comunidad de personas ligadas a sus raíces.
    De la misma manera – aunque de forma diferente – idealmente, la comunidad de origen está formada también por hermanos y hermanas, y es el ámbito privilegiado para aprender con naturalidad la convivencia entre seres de diferentes sexos y aptitudes; porque los padres pueden ser modelos, pero en una relación vertical y, en cambio, la fraternidad es una relación horizontal que enseña a vivir y a convivir desde la cotidianidad. Desgraciadamente, la fraternidad es una experiencia que se niega a muchos niños de las sociedades occidentales.

    Los padres tienen el derecho y el deber inalienables de transmitir a los hijos el sentido de pertenencia:

    a)    Educándolos en el descubrimiento de su identidad. Iniciándolos en la vida social, y en el ejercicio responsable de su libertad moral, y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados.
    b)    Nacemos en compañía, no en soledad, no como meteoritos lanzados aleatoriamente al espacio, sino como hijos de padres concretos, en una familia  que es, como decía  Pilar Rahola en un artículo de 2007: “el espacio donde aprendemos a conjugar el verbo convivir, que es vivir con los demás, y un “espacio de vida compartida donde se aplauden los éxitos y se recomponen los rotos”.
    c)    Cuando nace un niño, a través de la relación con sus padres, comienza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces muy antiguas.
    d)    Con el don de la vida, recibe todo un patrimonio de experiencia.
    e)    Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza este patrimonio y esta educación que van asumiendo progresivamente. Así son capaces de elaborar una síntesis personal entre lo que han recibido y lo que es nuevo y aquello que cada uno y cada generación están llamados a realizar.
    f)    La vinculación afectiva con los otros (padres, hermanos, familia en general, amigos, etc.) es el camino para conseguir la integración de la educación sentimental – afectiva, la educación intelectual y la libertad personal, y tiene como fin alcanzar un buen nivel de salud física, mental y moral.

    Una imagen visual que mostraría, por ejemplo, este sentido de pertenencia seria una fotografía de una familia catalana en Montserrat, o de una asturiana en Covadonga, porque evidencia la integración de los diferentes aspectos mencionados: Fe, familia, cultura, naturaleza.

    Si tenemos este aspecto bien trabajado podremos, con seguridad, avanzar con los hijos hacia la madurez psicoafectiva que se basará también en los otros puntos citados al inicio de este apartado.

    Dra. Montserrat Rutllant

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    Sección: Familia, Miscelánea | Sé el primero en comentar »

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