Supernannies o padres III

Siguiendo en el camino de acompañar a los hijos hacia la madurez psicoafectiva, comentaremos en este tercer artículo el autoconocimiento, el autorespeto y el auto dominio.
Auto conocimiento
El primer paso para cumplir con el consejo de conocerte a ti mismo, que tradicionalmente se atribuye a Sócrates, es saberse persona, o sea ser relacional, que no puede vivir solo y aislado sino que vive gracias a los otros, con los demás, para los demás. Diferenciarse pues de cualquier individuo del reino animal, en el que cada uno de ellos está supeditado a la especie. La persona, en cambio, es única, irrepetible y más valiosa que la masa.
El peligro evidente de sentirse individuo y no persona, “deshumanizarse”, ha sido denunciado con poco éxito, por cierto, desde ámbitos muy diferentes: desde el personalismo cristiano en la denuncia de Chaplin en Tiempos modernos, que muestra como se deterioran los seres convertidos en cadena de montaje, o el periodista Kapuscinski que lo expresaba diciendo: “en la escena mundial, el único protagonista que queda es la masa, la multitud y el sentido definitorio de hoy es la falta de rostro, el anonimato, la falta de responsabilidad … nos hemos convertido en sujetos impersonales en estado residual “.
El primer escalón para sentirse persona, es reconoces persona valiosa por sí misma. Y saber que nos han dado la vida sin ningún mérito por nuestra parte; nacemos, pues, en cierta forma con números rojos. El segundo escalón es que no basta con saberse persona, sino que debemos auto conocer como personas sexuadas, hombre o mujer, porque nacemos, vivimos y morimos como personas diferenciadas.
En el actual confusionismo, algunos han afirmado que distinguir los seres humanos entre hombres y mujeres es algo discriminatorio, pero hay que recordar que distinguir y discriminar son dos conceptos diferentes y que, en el que no se puede establecer diferencias, es en los derechos humanos fundamentales, pero que sería injusto, en muchos otros aspectos, tratar igual a dos seres desiguales.
Hay que dejar bien claro la diferencia entre distinguir, diferenciar y discriminar. Así, por ejemplo, los pájaros vuelan y los caballos, no. Y eso no es discriminatorio. Y tampoco es discriminar que los hombres y las mujeres sean biológicamente y psicológicamente diferentes; que unos, en este caso unas, puedan amamantar a sus hijos y otros, no; que ellas toleren peor el alcohol y tengan una vida hormonal cíclica o guarden en la intimidad de su abdomen los órganos sexuales principales, en vez de tenerlos fuera como es el caso de ellos, etc.
El autoconocimiento nos lleva obligatoriamente al segundo paso mencionado.
El auto respeto
Salvo casos patológicos o de problemas de adicciones, es lógico y natural el paso entre conocerse mejor y respetarse más. Es imposible, por ejemplo, acercarse a la complejidad de las interconexiones neuronales y las innumerables funciones que tienen sin maravillarse, o no quedó sorprendido por el equilibrio bioquímico que mantiene la célula para captar oxígeno y su transporte vital a todas las otras células, por alejadas que estén. El investigador patólogo Lewis Thomas, afirmaba que “el respeto ético frente del ser humano se incuba en lo que de sorprendente y de admirable tiene el aspecto biológico” Y todo esto que hemos dicho del conocimiento biológico no es nada comparado con la riqueza de todas sus potencias: mirar, sentir, imaginar, soñar, crear y, sobre todo, amar.
Conocer, por tanto, la riqueza ontológica de la persona debe llevar, necesariamente, a respetarla, y esto no se consigue sin autodominio.
Auto dominio
Podríamos denominar autodominio a la integración armónica de los diferentes elementos que conforman la persona humana: posibilidades físicas, racionalidad, afectividad, sentido de la vida personal (saber donde quieres llegar y porque, ya que si no sabes dónde vas no llegarás nunca) , etc.
El autodominio se consigue, como dice el psiquiatra Enrique Rojas, con la repetición de ejercicios reiterados sin gratificación inmediata, lo que hemos llamado educación para la espera, que debe comenzar en los primeros años de la vida y debe abarcar a todos sus aspectos. El autodominio, pues, tiene mucho que ver con la educación de la voluntad y se complementa con aspectos como el orden, la constancia, la resiliencia, la capacidad descrita por Kippling de “contemplar cómo se rompen las cosas a las que habías dedicado tu vida, y agacharte y reconstruirlas con las herramientas gastadas “y la priorización en la atención que los múltiples reclamos de la vida moderna nos ponen delante y que, sin una voluntad educada, nos lleva al caos y la dispersión.

Educar la voluntad, el autodominio, parte, pues, del autoconocimiento y del auto respeto y conduce necesariamente ala autoestima.
La autoestima es la disposición a experimentar a sí mismo como persona competente para resolver los desafíos básicos de la vida. Exige confianza en sí mismo, capacidad para pensar con lógica y rigor, implica conocerse, respetarse, aceptarse y saber que cada uno de nosotros tiene derecho a una vida digna. En “The Six pillars of self.estime” hay un comentario que dice “muchas veces no saltamos más alto porque no creemos en nuestras posibilidades” pero esto debe hacerse compatible con la aceptación de las propias limitaciones. Es irracional querer ser el número 1 del baloncesto si se mide 1,45. La autoestima implica haber respondido las preguntas vitales de quien soy, porque sirvo, ¿cuál es mi talento natural, que es lo que hace fácil y sencillo para mí lo que para los demás es costoso y pesado, donde seré más útil a mis ya la sociedad en general?, etc.
Aumenta mucho la autoestima el convencimiento de que estás haciendo lo que crees que debes hacer.
A veces en algunos ambientes se ha malinterpretado y confundido la autoestima con el orgullo, y no tienen nada que ver porque, justamente, el tamaño evangélica de tratar a los demás, es amarlos como amas a ti mismo. Si tú no quieres,-no tienes autoestima-difícilmente crearás a tu alrededor un ámbito de afecto, paz y relaciones personales de estimación.
Para terminar los 5 puntos que mencionábamos en el segundo artículo, nos queda hablar del binomio libertad / responsabilidad.
Si el trabajo de los padres de educar a los hijos es considerada como una de las más altruistas, es porque los padres educamos a los hijos para hacerlos autónomos e independientes, o sea, libres.
En un coloquio de un curso de Pediatría Hospitalaria entre los Dres. Folch i Camarasa y Wennberg, con una cierta dosis de humor, comentaban que educamos a los hijos para los demás, para que se vayan (y mal si no se van), pero queremos al mismo tiempo que se nos lleven al menos en la cabeza y en el corazón; ah, y también que nos inviten a comer los domingos, y que sean lo suficientemente responsables “para volver” cuando nos hagan falta.
La libertad responsable se enseña desde la primera infancia creando hábitos de elección y renuncia. Primero, hay que enseñar a renunciar a lo que es malo (no toques el enchufe, no te acerques al horno); después a lo que es indiferente (elegir entre ir al parque o al cine) y así se aprende a elegir con responsabilidad entre dos cosas buenas (quedarse a estudiar la víspera de un examen aunque también hubiera estado bien ir a una fiesta de una amiga). Esto es lo que hemos llamado libertad responsable.
El Dr. Joan Costa i Bou afirma que, como seres corporales, tenemos límites en nuestra libertad como, por ejemplo, tiene límites de velocidad un coche, o de personas un avión. Pero la libertad humana, que es finita, ayuda al mismo tiempo a sacar la máxima rentabilidad a lo que es: ser humano.
El ser humano es una criatura, tiene unos límites marcados por su biología y su naturaleza racional. Y estos límites, tan biológicos como morales, son el marco del ejercicio de su libertad y, desde el doble punto de vista humano y cristiano, se pueden sintetizar en los diez mandamientos y en la vivencia de las bienaventuranzas que no sólo no limitan el hombre, sino que lo describen, le enseñan a ser lo que es ya alcanzar la plenitud.
La libertad tiene un fundamento, que es la verdad, ya la vez un fin, que es el amor: la libertad es para amar, no por otra cosa.
Hay que aceptar lo que somos, pero a la vez tener en cuenta que quizás nuestros límites están más lejos de lo que creemos, que podemos dar mucho de sí. Y esta es una maravillosa realidad!

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