Nido de Alacranes

Por Oswaldo Pulgar Perez

La educación de los jovenes comienza veinte años antes de que sus padres se casen. Es decir, que la educación del chico hoy, depende de la educación de sus padres, ayer.

El hogar debe ser un nido de virtudes. Allí se adquieren las principales. Los niños aprenderán lo que es el sacrificio cuando vean que papá o mamá se quedan con ellos para que hagan la tarea, aunque sea tarde y estén visiblemente cansados.

La infancia es la época para fundamentar las ideas principales. Si las bases no se consolidan en esta edad, será muy difícil consolidarlas después. Se trata de ocupar cuanto antes las “butacas” de nuestro cerebro con ideas buenas. Cuando lleguen las malas, encontrarán el teatro lleno.

Me contaba un papá, arrepentido, que una vez llegó su hijo a la casa y encontró al papá in fraganti viendo en la televisión escenas inconvenientes. Cuando vio al niño, que tendría unos diez años, le dijo: -Vete a tu habitación, que esto no es para niños.

El muchacho, que estaba bien formado en el colegio, le contestó: -Papá, lo que mancha a un viejo, mancha a un niño. ¡Aleccionadora respuesta! El papá no tuvo más remedio que apagar el televisor.

Los padres se olvidan de que el hogar es la primera escuela. Y este olvido tiene sus consecuencias, pues al delegar en el colegio la formación principal, se descuida el hogar y se convierte en un nido de alacranes, donde cada uno vive aislado y a la defensiva. Se neutraliza lo que le enseñaron en el colegio. O al revés, porque la influencia es recíproca.

A veces ni se dialoga en la mesa porque en el comedor hay otro televisor contribuye a ensanchar la grieta familiar. O sea, que el hogar destruye por la tarde lo que el colegio que hizo por la mañana. ¡Vaya contradicción!

Cuando no se convive es muy difícil educar. La confianza que se genera con el trato no tiene sustitutos eficaces. La confianza no es alcahuetería pues supone exigencia. Si no permitimos a los niños sufrir contrariedades en un intento absurdo de evitarles problemas, lo lamentaremos después y ellos tendrán suficientes motivos para reclamarlo en el futuro.

La inteligencia emocional, -estudiada por Goleman-, se alimenta en el hogar, aunque no exclusivamente. Es la capacidad que el hombre tiene de poner al servicio de algo superior todas sus potencialidades, que no son pocas. La iniciativa, la constancia y el sacrificio tienen un gran poder formativo pues modelan el carácter.

Goleman aconseja enseñar a los niños a dominar su carácter. A no dejarse llevar por sus impulsos. Cuando esto no se aprende, la persona se esclaviza a lo que los instintos le pidan, en aras de una espontaneidad mal entendida, que mortifica a los demás. Por eso decimos: “Niño malcriado, adulto insoportable”.

Si no hay paz en el hogar a través del dominio de uno mismo y pendientes de hacer la vida agradable a los demás, terminaremos a cuchillazos, en un ambiente donde cada uno, va a lo suyo.

Hay personas que parecen vivir para estar nerviosas. Como aquella mamá que le dice a la empleada: -¡Rosita, vaya a ver qué están haciendo los niños y prohíbaselo! Los cepos sirven para las cárceles, no para el hogar.

Los mismos criterios se pueden aplicar a la convivencia entre marido y mujer. La frase: “Si su matrimonio no funciona, búsquese otro”, hay que cambiarla por: “Si su matrimonio no funciona, ¡arréglelo!” Los hijos lo agradecerán.

opulgarprez6@gmail.com

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*