Los chicos Abercrombie no barren

Por Angeles Montuenga

La mayoría de mis lectores con hijos/as  en edad de merecer seguro habrán oído hablar de Abercrombie. Una cadena de moda juvenil  por la que jóvenes  (y  no tan jóvenes) hacen colas inacabables.

El diseño de sus establecimientos es espectacular. En ubicaciones privilegiadas de las principales capitales del mundo, captan al cliente con un estilismo cuidado hasta el más mínimo detalle.

Justo a la entrada, te recibe un modelo masculino -perfectamente medio vestido- luciendo trabajadísimos abdominales. Permite hacerse fotos con él, cual souvenir o trofeo de caza. Al plan se apuntan imberbes y cuarentonas con iguales aspiraciones.

Una vez traspasado el umbral, experimentas algo así como una condensación artificial y artificiosa de vitalidad y espíritu veinteañero. Penetras en un cubículo -sin ventanas  abiertas al exterior-  donde  parece querer encerrarse algo tan volátil y fugaz como es  la juventud y la belleza.

Quien carece de una cosa y de otra se siente fuera de foco.

No ves plásticos maniquís estáticos y mudos… En su lugar  chicos y chicas, ataviados como por casualidad con las prendas que interesa promocionar, pasean y bailan por el local mostrando la mercancía (sin quedar del todo claro si  lo que se vende es el atuendo o su hermosa carne fresca).

Todos parecen seguir un guión de merchandising concreto: Saludan e interpelan con sonrisa de dientes perfectamente alineados  y un medido  tono de afectación:  -“How are you doing, guys!”-

Todos disfrazados de “niños bien”. Niños, bien blandos .

Es una empresa que funciona a las mil maravillas. La caja registradora factura sin pausa.

Y como  ocurre en tantas otras  situaciones injustas, unos  pocos se enriquecen a costa de unos muchos. Los responsables del negocio pretenden vender la “dolce vita” , proponiéndola a aquellos que, ingenuamente, creen que la felicidad tiene hechuras y colores de temporada. Y son numerosos los que entran al trapo y parecen llevársela metida dentro una bolsa.

No es indiferente el que triunfen este tipo de cadenas. Las repercusiones en la vida, las aspiraciones y las prioridades de la mayoría, por desgracia, van a verse trastocadas. Por ejemplo la de mis hijos adolescentes, víctimas – como el resto- de una cultura de la imagen que les presiona enormemente.

Además, estoy convencida de que sólo estilos de vida inspirados en la sobriedad, en la solidaridad y en la responsabilidad,  contribuyen a contruir una sociedad y un futuro  por el que merezca la pena “sudar la camiseta”. Otros mundos de ensoñación y retoques están hechos de humo mentiroso y alienante.

Antes de salir, bajando por las escaleras (al margen de la escena principal) me topo con un hombre de unos 50 años vestido de oscuro. Su cara también lo es.  Trabaja como empleado de la firma, pero a éste no lo enseñan. Barre y pasa desapercibido. Su mirada se ha vuelto indiferente al espectáculo que se le muestra a diario.

Piso la alfombra, pido disculpas y él -sin apenas advertirlo- sigue a lo suyo.

Los jóvenes y bellos Abercrombies no son los que pasan la escoba….

Por Angeles Montuenga

http://mi-contra.blogspot.com.es/

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