Elegancia atemporal

Por Angeles Montuenga

Es más fácil ser elegante envuelta en un abrigo que en un pareo.

Con la llegada del verano y los calores, la calle se vuelve chabacana.

Conseguir  superar  los rigores del clima estival, sin caer en la tentación de la vulgaridad y la dejadez , es un  hito que sólo logran las personas más exquisitas.

Honoré Balzac afirmaba  que el fatuo se disfraza , el rico se adorna, el bruto se cubre -o descubre, si se me permite matizar al maestro- y el elegante se viste.

El punto de partida de  mi argumento hoy es que la elegancia depende de  la humilde virtud de la humidad.

El elegante se  cuida para agradar a los demás. Escucha, habla y se presenta teniendo en cuenta al otro. Nunca es incómodo. Quiere estar a la altura de su anfitrión, amigo, empleador o  cliente. Se pone sus galas- o un “casual” muy bien colocado – si  es preciso.“Me esmero por ti”. No se exhibe gratuitamente, ni se guarda innecesariamente. Se muestra como es, procurando sacar su mejor yo para agradar a quien se cruce por su camino. Huele a limpio y su expresión es afable. Nunca hace trampas ni se concede licencias respecto a los que le rodean.

Es  la suya una actitud que tiene que  ver con la moderación, la pulcritud,  la limpieza, la sobriedad,  la disciplina,  la sencillez.  Armonia, tacto, tiento y pausa.

Un modo de transparentar su interior hacia el mundo.

Nada tiene que ver con la capacidad de arrasar con las primeras marcas del momento, ni con el colchón financiero disponible . Tampoco de la habilidad para captar los dictados del diseñadores en voga ni  del modo de comer el marisco.  No hay prendas prohibidas. Con la única excepción del uso de las chanclas y el chandal exclusivamente en contextos playero- deportivo y las estridencias, el elegante puede serlo con sari, traje de gala,  traje de luces, camuflaje  o  uniforme laboral .

Lo imprescindible para adquirir tan preciado calificativo es el que su distinción perviva a lo largo del tiempo.  La elegancia envejece muy bien y  convierte a los titulares de tal atributo  en personas inolvidables.

A nuestro alrededor cuesta entrever aires de distinción. Especialmente en las playas españolas…Durante estos meses las costas  están pobladas de  sombrillas  y toallas superpuestas, pedazos de licra mínimos  (o inexistentes) colocados sobre cuerpos normalmente acalorados y gruesos. Se respira bronceador con olor coco y se armoniza la jornada con fondo musical  de Georgie Dann procedente del chiringuito más cercano. Por la tarde, sonido Chambao para darle el toque exótico.

Se oye poco el mar y se imponen demasiados gritos.

Sé que las altas temperaturas hacen más  difícil el dominio de las pasiones. Pero probablemente, el arte de saber estar  en todo momento y ocasión, incluso bajo las tórridas temperaturas estivales ¡ es el código de distinción por excelencia!.

Tal vez para evitar  decepciones respecto a la condición humana, si se me ocurre pasear por la orilla, debería tener yate y tripulación.

Sin embargo la crisis no  permite tales excesos..

Este mes de agosto buscaré refugio en la montaña… El frío fortalece y favorece la discreción, al menos corporalmente hablando…

Por Angeles Montuenga

Publicado en http://mi-contra.blogspot.com.es/2012/06/elegancia-atemporal.html

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