¡Gracias, Finlandia!

Por Catherine L’Ecuyer, autora de Educar en el asombro

El otro día mi hijo de 7 años me preguntaba por sus notas: “No sé que pasa mamá, que todos mis amigos tienen sus notas y las comparan entre ellos, y yo todavía no las tengo”. Siempre dudamos en enseñar sus notas a nuestros hijos. A veces lo hacemos, otras veces no se las enseñamos. Siempre me pregunto a mi mismo, ¿qué ocurre con un niño que tiene notas todas excelentes y que no se esfuerza para conseguirlas? Al ver los “excelentes”, lo más probable es que se sentará en sus laureles y no se esfuerza más. ¿Y que ocurre con un niños que tiene “suficientes”, o “insuficientes”, a pesar de haberse esforzado al máximo? Pues se desanimará sin duda. Además, ¿qué miden las notas de un niño de 5, 6, 7 años? ¿La “lectura rápida”? ¿Qué me importa que mis hijos lean rápidamente o lentamente, si al fin y al cabo, ese indicador no valora si entienden o no lo que están leyendo?


Uno de los principales problemas que existe en nuestro sistema escolar en infantil y en primaria, es que se valora el resultado de los alumnos, no su esfuerzo. Y como los “hitos” se adelantan cada vez más, hay niños que se encuentran en una situación de frustración constante, atrapados en espirales de fracasos que repercutan negativamente en su autoestima y al resto de su recorrido académico. Y esos niños, no son los que tienen problemas de verdad, son niños perfectamente capaces. Los problemas que tienen, se los hemos creado nosotros, porque hemos pedido a su naturaleza que haga cosas que su naturaleza no admite. Como por ejemplo aprender a leer con 3 años, o hacer problemas complejos con 7. Y luego la presión se pasa a los padres, que deben apuntar a sus hijos a extraescolares de matemáticas o contratar profesores particulares en sus hogares para que el niño “vaya al ritmo del resto de la clase” (mientras en algunos de esos colegios, hay tiempo de sobras para ver películas comerciales…).
Mientras todo eso ocurre, nos llenamos la boca de grandes palabras como la “atención a la diversidad”. La atención a la diversidad, no es solo atender a los alumnos de alto rendimiento y a los niños con discapacidades o TDAH, sino que es atender a todos los alumnos, con una atención personalizada. Y la atención personalizada, ¿cómo es posible en una clase de 30 niños por maestro? Efectivamente, hay que tener mucha fe. ¿O quizás podemos invocar al “dios” tecnológico “ipad” para solucionárnoslo todo? Educación personalizada no es lo mismo que “aplicaciones informáticas a medida”. Una atención personalizada es la atención de una persona, por otra persona. El tema da para mucho, realmente…
Me despido con una recomendación de lectura. Gracias Finlandia, de un amigo, Xavier Melgarejo. Gracias a Finlandia, por habernos enseñado que “más no es mejor”, sino que “menos es más”, como decía el prestigioso arquitecto Ludwig Mies van der Rohe. ¡Gracias también a ti, Xavier!
Por Catherine L’Ecuyer en Apego & Asombro
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