La pequeña ventana de oportunidad para el cambio

Destacamos este post del Blog de Enrique Dans porque coincide con las discusiones que estos días, vía ZOOM, estamos teniendo. Que gustazo de ciudades sin coches, pero al mismo tiempo que necesarios son para trasladar niños, para determinadas distancias, para acompañar personas mayores y tantas y tantas gestiones que conlleva el día a día. ¿Cómo será el futuro de nuestras ciudades? el futuro inmediato y el lejano. También de acuerdo con Dans, necesitaremos dirigentes que sepan tener visión y sepan llevarla a cabo. #YoMeQuedoEnCasa

Window-clouds-768x676Varias semanas de confinamiento suponen un cambio importante en nuestras vidas. Importante quiere decir que todo lo que hacíamos antes, lo que considerábamos nuestra vida normal, lo miramos ahora como si estuviera lejísimos, como parte de un pasado que además, desde la mayoría de los medios, se empeñan en repetirnos machaconamente que no volverá, como si no supiésemos perfectamente que la capacidad del hombre y de las sociedades humanas para la adaptación al medio es enorme, prácticamente omnímoda, razón en la que se basa su éxito evolutivo y su capacidad para al colonización del planeta.

En la práctica, sabemos perfectamente que basta con que llegue el día en que nos digan que podemos salir a trabajar con normalidad, aunque la normalidad no sea tal y nos obligue a llevar una mascarilla, para que de la noche a la mañana volvamos a ver los mismos paisajes que conocíamos: ciudades atascadas, aire contaminado, prisas y estrés. Una normalidad que, en el caso de las ciudades, nos aboca precisamente a una vida que muchos pretenden encontrar encantadora y llena de vida, pero que en la práctica, gira en torno a un contexto completamente absurdo: el de la ciudad para los automóviles.

Piénsalo: en términos de reparto modal, una ciudad como Madrid, por ejemplo, tiende a estar repartido, con datos de 2012, entre un 42% correspondiente al transporte público, un 29% al vehículo privado (con una ocupación media de entre 1.1 y 1.35 personas) y otro 29% para el transporte a pie o en bicicleta. Y sin embargo, en términos de reparto del espacio, el vehículo privado ocupa en torno al 80% del espacio entre circulación y aparcamiento, mientras que al transporte público al movimiento a pie les corresponde el 20% restante, como bien reflejan las viñetas del sueco Karl Jilg.

El origen de semejante desequilibrio hay que buscarlo en la replanificación de las ciudades en las décadas de los ’60 y ’70, y en la creencia radicalmente errónea de que los problemas de tráfico podían solucionarse mediante la inversión en más infraestructuras para el movimiento de los vehículos. En la práctica, esa inversión en más espacio para el vehículo privado se convirtió en un incentivo para su uso, y en una desmesura que terminó con ciudades pensadas para los automóviles, no para las personas, en entornos hostiles, con niveles de contaminación elevados, que matan a quienes respiran su aire de manera recurrente. Las consecuencias de ese uso vinculado a horarios laborales rígidos se llaman atascos, y pretender que son «una seña de identidad de la ciudad» no es más que una soberana estupidez.

Con la reciente desescalada parcial del confinamiento en las ciudades, estamos pudiendo ver un panorama desconocido de nuestras ciudades. Un aire tan limpio que los propios sensores de contaminación reportan supuestos errores de lectura, calles con poquísimos automóviles, personas que invadían la calzada para poder mantener una cierta distancia con otros viandantes, peticiones de peatonalización de zonas… decididamente, las ciudades no deberían volver a la normalidad tras la pandemia, o al menos, no sin preguntar a sus habitantes. El coronavirus nos ha proporcionado un auténtico laboratorio para un futuro de mayor sostenibilidad en nuestras ciudades, y si algo está claro, es que las personas reclaman espacio en sus calles a costa de los automóviles, y que nunca ha habido un mejor momento para poner esos cambios en práctica.

El coronavirus podría dejarnos como enseñanza la cura de la congestión en las ciudades: con más personas dispuestas a trabajar desde casa y con países incorporando ese derecho a su legislación laboral, el 2020 debería ser el año en que más ciudades se decidan a peatonalizar cada vez más zonas, a cerrar su centro a los automóviles, a reducir el número de carriles en las vías, a eliminar espacio para el aparcamiento en superficie y a terminar con el absurdo que nos hace pasarnos horas intoxicándonos en nuestros coches.

Los automóviles hacen la vida más cara y menos sana a todos los habitantes de una ciudad, tengan o no tengan uno. La pandemia podría ser una oportunidad buenísima para plantearnos remodelar nuestras ciudades: durante un tiempo, el vehículo privado será la recomendación para moverse para evitar las concentraciones de personas en espacios restringidos, por lo que probablemente pasemos de ciudades vacías a ciudades de nuevo atascadas y contaminadas. Solo gobernantes con cierta visión de futuro y ambición para cambiar las cosas serán capaces de aprovechar esa ventana de oportunidad. El resto, probablemente volveremos en breve a lo de siempre: ciudades colapsadas, calles permanentemente ocupadas por automóviles, aire malsano e irrespirable. Y así, hasta el susto que viene.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*