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¿Cómo no perder la calma con los niños?

Por Carlos Pajuelo

Perder el control, cuando estás educando, es algo que puede ocurrir y de hecho nos ocurre. Que se lo pregunten a mi amiga Paqui que me escribió un correo electrónico con en el asunto “Paqui a punto de reventar” y con el siguiente texto: “Carlos, ya no puedo más”.

Y me sigue contando: “Carlos, esto de la crianza es un no parar, me da la sensación de que en vez de una madre soy un guardia de la porra que está en una continua batalla con los niños y tú me dices que intente estar calmada. Pero ¿qué hago? Esta misma mañana, por enésima vez, no han recogido el cuarto, y yo venga a decirles “¡claro!, como aquí tenéis a la criada para todo, que eso es lo que soy,¡ una chacha!”.

Esto dicho con serenidad e ironía, pero ni caso. Y al ratito los niños empiezan a pelearse, y les vuelvo a decir con seriedad y menos ironía “¿pegarse dos hermanos? ¡No seáis cafres! ¿Dónde se ha visto eso?”y ya sé que tú me dirías que los inventores de la primera pelea fueron los famosos hermanos Caín y Abel. Y a continuación les pido que se vayan a su cuarto y ni caso. A estas alturas me estoy empezando a irritar, y empiezo a decir en tono cada vez más alto ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?, ¿es que hablo en chino? Y entonces mis hijos me miran como si realmente fuera la propietaria de una tienda cien.  Y a la hora de comer me dicen  “¡que asco! otra vez lentejas”, y luego por la tarde me piden dinero para comprar cosas que dicen que necesitan urgentemente, y en ese momento les suelto “te crees que mi cartera es el Banco de España“. Y ¡exploté!, y me puse a gritarles como una posesa y a decirles cosas que luego me hacen sentir fatal“.

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¿Conoce usted a sus hijos?

Oswaldo Pulgar Pérez

Pienso que nunca insistiremos bastante en la necesidad de conocer a nuestros hijos tal como es cada uno. Esto evita cortarlos a todos por el mismo patrón. No se trata de educar robots, sino personitas que tienen su carácter, su modo de reaccionar, sus debilidades y sus  fortalezas. No son adultos pequeños.
Pasa lo mismo, aunque en un nivel distinto, al profesor con sus alumnos. No hay duda de que se educa  mejor, cuanto mejor se les conoce. Hoy día es una tarea poco menos que imposible. El ajetreo diario nos distancia e impide esa convivencia tan necesaria.

Hay que estar precavidos para aplicar el correctivo y buscar el tiempo para compensar nuestra ausencia, o la de ellos. No nos podemos quedar con saber su edad, el día de su cumpleaños, las enfermedades que ha tenido y el sobrenombre de su mejor amigo. Eso es mucho, pero es poco.

El diario colombiano El Tiempo de Bogotá propone algunos recursos. Conocer a los hijos tiene, entre otras ventajas que se les puede orientar profesionalmente. Cuando saben en qué pasos andan pueden prevenir una mala experiencia. Cuando ya tienen claro lo que les depara el futuro, podrán aconsejarlos.

Ponerse en los zapatos de los muchachos. En otras palabras, arrodillarnos para comprenderlos mejor. Nos interesa saber qué sienten, cómo perciben el mundo y qué esperan de la vida. ¿Cuál es la película que les impactó? ¿Cuál su color preferido? ¿Qué lo pone triste? ¿Qué lo hace feliz?

Si los tratamos nos daremos cuenta de para qué son buenos. Si el muchacho no tiene cualidades de deportista o de músico, de nada valdrá obligarlo a inscribirse en esas actividades y terminará odiando lo que pretendemos imponer.

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