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El poder corrompe, el servicio embellece (en la educación también)

Por Catherine L’Ecuyer en Apego y Asombro

Hace poco me escribía una lectora del blog diciéndome que pusieron celo en la boca de los niños de la clase de su hija. En otro colegio, atando a las manos de los niños durante la siesta. En otro, poniendo películas de horror y literaturas inadecuadas a niños de 10 años. Profesores que llaman a sus alumnos “chavales de m…”, “hijos de p…”. Hace poco, yendo a comprar, me encontré dos niños durmiendo solos en un coche en el parking subterráneo de un supermercado.

El poder corrompe. Y no solo ocurre en el sector financiero y en política, sino en todos los ámbitos, incluyendo en la educación (en los centros escolares, en las aulas y también en los hogares). Cuando uno pierde de vista la grandeza de su trabajo y de lo que tiene entre mano, le invade la rutina, pierde el sentido de su trabajo, empieza a endiosarse y a abusar de su poder. Y eso, en última instancia, también corrompe a los niños, porque como dice Aung San Suu Kyi, la conocida política activista birmana, “el miedo del azote del poder corrompe a aquellos que están sujetos a la misma”. Abusar del poder puede pasar a cualquier, pero con más probabilidad, al que no tiene sensibilidad para entender lo que necesita el niño o el joven que tiene delante, o que vive como si no tuviese que rendir cuentas nunca a nadie. Y si uno piensa que abusar de su poder no le pasará nunca, quizás tiene más probabilidad de padecerlo que otro, que prudentemente sospecha continuamente de sí mismo. Cuando la motivación de un maestro se reduce a “julio, agosto y septiembre” y cuando la motivación de los padres es “a ver si pasa el verano”, hay motivos suficientes para sospechar de uno mismo.

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