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¡No hay suficientes padres “malos”!

Por Oswaldo Pulgar Pérez

Uno de los grandes retos de la educación en la familia es la comunicación con los hijos: hablar de lo que a ellos le interesa, dar ejemplo y no tener miedo a influir positivamente en sus vidas. Esto, no es fácil, pero sí necesario. Para eso, hay que entender bien la libertad.

A veces pensamos que ser libre es poder escoger entre varias opciones y eso no es del todo cierto. Más importante es ser dueños de nosotros mismos y orientarnos hacia lo bueno porque nos da la gana.

¿Qué beneficio nos reporta escoger el mal? Ninguno. Eso no puede llamarse libertad. Por eso, es clave formar a los hijos para que sepan invertir su libertad. Es más cómodo decidir por ellos, pero entonces no los estaremos formando.

Se educa más con lo que los hijos ven y experimentan en el hogar -un ambiente de alegría, de cariño y de confianza-, que con muchos sermones. Por eso, más que informar, hay que contagiar el amor a la verdad, que es la clave de la auténtica libertad.

Quizá alguna vez debamos acudir a premios y castigos, pero sobre todo hay que hablar de la bondad o maldad de los actos y del tipo de vida que configuran. Así, los hijos descubrirán el vínculo indisoluble entre libertad y responsabilidad.

Hay que sacar tiempo para estar juntos, escucharles a solas a cada uno, adelantarse para hablar de los temas centrales de la existencia: el origen de la vida, las crisis de la adolescencia, el noviazgo y el matrimonio. Sería una educación muy pobre la que se limitara a dar información, cuando lo que más necesitan son criterios de conducta.

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